Viviana, hojas de yarumos al aire


«No en vano tomé el ropaje de plumas amarillas:
porque yo soy que ha hecho salir el Sol».
CANTO A HUITZILOPOCHTLI

El Cecropia telenitida, mejor conocido como Yarumo Blanco, es un árbol perteneciente a la familia de los Urticaceae. La etimología del nombre proviene  — como tantas otras— del griego,  en honor a Cecrops, rey de Atenas en la mitología griega, rey fundador de la acrópolis, mitad hombre y mitad serpiente. Fue el llamado a resolver la disputa entre Poseidón y Atenea por la ciudad de Ática; juez, originario de la tierra, impulsor de nuevas ritos y leyes. El yarumo blanco recoge la tradición de este lejano rey griego — ¿o es el rey griego quien toma, sin saberlo, la tradición de este árbol?— , ya que suele ser el signo que marca la recuperación de los suelos y el renacer de los bosques. Fundar  para esparcir las semillas, hojas al viento y, en ocasiones, ciudades.

 

La copa del yarumo es aparasolada, sus hojas asemejan  pequeñas manos que cuelgan sobre el cielo, manos de niños. Niños que van surgiendo — traídos por el aire y sus padres—  en las calles del corregimiento de La Florida, se mueven al vaivén del viento y de la voluntad de los adultos. Estos niños — hojas aparasoladas— van a encontrarse una vez al mes para caminar, hablar de la naturaleza, pajarear y contemplar. El punto de encuentro es un cine-club que a esa hora de la mañana está cerrado. Allí los espera Luz Viviana Madrid Quintero.

Esta mujer mira con atención cómo van llegando cada uno de los niños con sus padres. Ella lidera un proceso comunitario llamado Yarumitos, conoce a varias generaciones de hombres y mujeres que antes eran los niños que corrían por los bordes del Río Otún y hoy llevan a sus hijos a que estos, caminen y recorran esos mismos bordes del río. Pero guiados, en esta ocasión, por Viviana.

 

«Disfruto de todos los sucesos que acontecen en la naturaleza, la salida del arcoíris, la lluvia, el sol, un atardecer, un amanecer. Bueno, todo eso me cautiva». Va contando Viviana, mientras no deja de prestarle atención a los niños que hoy la acompañan. Sabe que toda salida implica un riesgo, que siempre hay que estar atentos porque ante el menor descuido, cualquier situación puede pasar. Por eso siempre la acompañan algunas mamás.

 

«Ella [Viviana] es un amor. Yo la conozco desde que era jovencita. Hoy ella es una madre, tiene un amor de madre por todos los niños. Es un ser maravilloso». Esto cuenta, Yeraldine Florez, la mamá de Salomón Chavarro Florez, uno de los adolescentes e integrantes del grupo ambiental. «Aquí también estuvo mi hermano Alejandro González —continúa Yeraldine —. Y eso le ha ayudado mucho, a ser más despierto . En realidad, esto es una gran familia y Viviana es una gran madre». Su hijo lleva cinco años en el grupo, una generación más que ha compartido con Viviana. Este joven preadolescente confiesa que le gusta pajarear y que su ave favorita es el Barranquero. Camina mirando el cielo y buscando en cualquier árbol un ave para contemplar y después conversar con los demás.

 

El río Otún pasa cerca del corregimiento de La Florida y no detiene su ritmo. El agua que baja desde El Parque Nacional de los Nevados es constante, a su vez estas aguas alimentan los diferentes ecosistemas que se dan desde lo más alto del parque nacional los nevados hasta las poblaciones con las que se encuentra. Todos los animales  —incluyendo al ser humano, por supuesto— beben de las aguas del Otún. Un colibrí bebe el néctar de unas flores que se encuentran cerca del río, todos los niños observan, Viviana no deja de observar a los niños y al ave. Observa a unos y otros, el colibrí gira, al parecer también mira a los niños, y luego desaparece en un rápido movimiento entre los árboles que ocultan al río. Viviana no deja de mirar a los niños, con esa mirada de madre, parece estar tejiendo una gran red entre ella, los niños y las aves.

«Ya en el caso de mi padre —relata Viviana— fue un hombre que dedicó su vida a la sastrería. O sea, fue un artista con sus manos al crear prendas de vestir. Muy reconocido porque era el sastre de La Florida. Entonces muchos de los adultos mayores que ahora ya no viven vistieron prendas hechas por mi papá. Creo que ahí está también esa sensibilidad  por el arte».  El cuidado del padre sobre las prendas, la paciencia para tomar medidas y ajustar una tela suelta al cuerpo de un campesino, tomar la aguja y el hilo para que una camisa se ciña al cuerpo, y el cuerpo se ciña al mundo. En un hilo estaba la clave para que un cuerpo se sintiera agusto. Viviana, sabe que en esa sensibilidad paterna existe una clave para entender su paso por el mundo.

 

«Mi madre, una mujer dedicada a la casa, dedicada a cuidar de sus hijas, una mujer comprometida». Una mujer montañera —como ella misma se reconoce— es la síntesis de dos formas de habitar el mundo, de dos formas de sentir la vida: la pasión y el cuidado en el detalle de la tela, y ese deseo protector de cuidar las vidas de los más pequeños. Ambos oficios del cuidado, ambas formas artísticas de habitar el mundo.

 

«Hace 8 años mi papá murió. Con mi padre desde joven tuve también esa cercanía con la montaña, con ir a pescar, con ir a la Laguna del Otún, con hacer caminatas, pues yo digamos que soy lo más parecido en ese tipo de cosas a mi papá. Cuando él muere tuve la posibilidad de ver un registro fotográfico que él tenía en su teléfono celular. Eran fotos de paisajes, de gente sentada, muchas eran imágenes que de pronto tomaba de Facebook de personas que veían en montañas con los pies puestos al aire, de ver un velero, de ver cosas de ese estilo, entonces me dije a mí misma, esto era lo que había en la cabeza de mi papá. Entonces, de ahora en adelante, a donde quiera que yo vaya, voy a honrar la memoria de mi papá a través de lo que yo haga. En una de esas, en el 2018,  hice parte de un diplomado que se ofreció en observación de aves y fuimos a hacer una pajareada a un sitio llamado Montezuma, en Pueblo Rico. Es una base militar arriba desde donde se observa el cerro Tatamá . Entonces, estando allí, había un paisaje espectacular».

Esta base militar está ubicada en uno de los cerros del Parque Natural Tatamá. La grandeza de este parque natural radica en que se considera el único páramo virgen del planeta. Mucha de su geografía es hostil — por fortuna— para el ser humano,  esto ha dificultado el acceso a esta joya de la naturaleza. Aun así, este cerro ha padecido los embates de la guerra. En el año dos mil se dio una toma guerrillera que dejó varios soldados  —incluido el comandante del batallón San Mateo— sin vida.

Hans Lamprea era editor judicial del Diario del Otún en Pereira cuando en un cuartel rural de policía filtraron la noticia de que varios centenares de insurgentes hostigaban desde mediodía la base militar de Montezuma. El ataque era ejecutado por efectivos de los frentes 9, 47 y la columna Aurelio Rodríguez de las Farc. Si son del 47, creyó Hans, tiene que andar arriba la negra Karina, aquella comandante feroz y aguerrida, legendaria entre los guerrilleros. Cierta vez dijo Iván Ríos —uno de sus máximos jefes— que esa negra tenía más pantalones que cualquier hombre. Karina se entregó al ejército en 2008, acosada por las persecuciones y bombardeos, hastiada de la vida en el monte. Negó haber participado en el ataque de Montezuma. El responsable allá fue Rubín Morro, insistió ella ante la prensa. Martín Cruz Vega, Rubín Morro, era el comandante de la columna Aurelio Rodríguez. Años más tarde sería designado por la guerrilla como negociador de paz en La Habana.

Esta descripción la realiza el periodista Camilo Alzate en una crónica llamada El matorral que arde. La guerra y sus contradicciones tocaron las pendientes del cerro Montezuma, allí una mujer lideró la toma de guerrilla. La selva tropical húmeda fue testigo silencioso de un conflicto. Los árboles también allí recibieron las esquirlas de las balas, hubo alguno que fue derribado, al igual que cualquier soldado o guerrillero, y cayó para nunca más alzarse en medio de esta selva. La selva aún guarda silencio de aquella batalla, parece no importarle que los hombres mueran en sus pendientes, la naturaleza, a pesar del asedio de la humanidad, resiste.

 

Una de las niñas que hace parte de Yarumitos, se mueve con agilidad entre los demás integrantes del grupo. No deja de buscar en las copas de los árboles algún ave para enfocar con sus binoculares. Dalia lleva tres años en el grupo, cuenta con pasión cómo ha visitado diferentes lugares como la cascada de Frailes y cómo le apasionan las aves, en particular, como ella dice: «Me gusta mucho el barranquero y la reinita —mira al cielo tratando de encontrar la palabra precisa, pero esta se le vuela de la cabeza—, bueno, no recuerdo el otro nombre, no importa, me gusta ver aves». Dalia busca con la mirada a Viviana, todos los niños saben que deben estar cerca de ella, son como las hojas sueltas que orbitan no muy lejos del árbol, de Viviana.

«Entonces, empecé a tomar fotos y dije: “Pa, mira dónde estamos, mira qué lugar tan maravilloso.» Pum, tomé foticos, no sé qué».  El parque Nacional Natural Tatamá se encuentra en la parte meridional de la cordillera occidental, tiene su área de incidencia sobre los departamentos del Chocó, Risaralda y Valle del Cauca, tiene una extensión   definitiva de 43,036.6 ha, a su vez tiene alturas que van desde los 1165 m.s.n.m hasta los 4250 m.s.n.m en la cima del cerro Tatamá. Esta área protegida cuenta con tres tipos de orobiomas: páramo, andino y subandino. Allí estaba Viviana, tomando fotos, evocando a su padre haciéndolo presente en cada uno de los paisajes.

 

 «Empezamos a bajar caminando por la vía con mis compañeros del diplomado y yo tenía una mochila como la que tenía puesta ahora, con los broches cerrados en  el pecho, en la cintura, tenía gorra, bueno, estaba con pinta de pajarera. Empezamos a caminar y en esas hubo un momento donde unos colibríes estaban muy alborotados. Entonces paramos, nos detuvimos allí. Adelante mío iba un compañero con el que ya había hablado de que los colibríes me conectaban mucho con mi papá, pues habíamos tenido una conversación de esa. Él iba delante, del lado iban otras personas, atrás venían otros. Yo simplemente paré y uno de esos colibríes vino a mí y se me posó en el cierre en el broche de la cintura, se me posó ahí, entonces todos quedamos estáticos parados. Voló acá a mi cabeza como mirándome y voló a mi mochila a la parte de atrás. Entonces yo veía la imagen de la mochila porque estaba haciendo sol y se veía mi sombra en el suelo».

 

El colibrí ha sido un símbolo importante para las culturas mesoamericanas. En concreto, para la civilización Azteca tiene un significado que irriga a todas las culturas americanas. Huitzilopochtli significa colibrí del sur, representaba al dios de la guerra y la conquista, es por ello que los colibríes son vistos como mensajeros divinos, es milenaria la creencia que asumir que los colibríes eran reencarnaciones de guerreros. La metamorfosis de esas creencias prehispánicas han llegado a la actualidad asumiendo que el toparse con un colibrí es reencontrarse con un familiar que ha muerto. Signo de la conexión con la tierra y el otro mundo, en cada colibrí habita —según el mito—  un mensajero del más allá que trae un mensaje.

 «Entonces hace este movimiento, llegar acá, volar acá, venir a mi mochila y salir volando —sigue contando Viviana emocionada—. Entonces yo le dije a mi amigo que estaba delante, yo le dije: «Camilo, ¿viste?» Y me dijo, «Sí, Vivi, ahí estaba». Entonces pude  sentir la presencia de mi padre, estaba a través de ese ser alado maravilloso. Entonces, por eso cada vez que veo un colibrí, me evoca ese momento, me evoca a mi papá, obviamente y es un indicador de que sigue estando ahí para mí acompañándome en cada uno de los lugares.  Cuando llegué a mi casa y le conté a mi mamá lo que había pasado, sin explicar esto que acabo de explicar, ella ahí mismo se puso a llorar, porque también lo entendió, también lo sintió. Entonces, es un poder. Y empezamos con un colibrí y aquí estamos con colibrí nuevamente». Ese colibrí que se posó en el vivero de La Florida, al iniciar el viaje, fue primer testigo, un mensajero de la naturaleza que estos niños tratan de escuchar o, por lo menos, contemplar, así el mensaje que traiga aquel colibrí sea —por fortuna— indescifrable, por ahora.

 

El recorrido continúa por una carretera que bordea el Río Otún. Una de las acudientes, doña Marleny, abuela de Maxi, el integrante más joven de esta travesía, siempre está muy agradecida:  «La verdad es mucho mejor que los niños estén acá con Viviana, en vez de estar pegados a los celulares y al televisor. Acá caminan, aprenden a cuidar la naturaleza y se nota el cambió. ¡Que miren el entorno! A mi también me gusta caminar mucho, yo, por ejemplo, he ido a la Laguna del Otún caminando». Esta abuela de una gran vitalidad observa con cariño y cuidado a su nieto, no le quita la mirada de encima.

 

Su nieto, como un reflejo de su vitalidad, salta sobre las rocas, tira piedras al río, se ríe. Maxi, hace algunos días, habló de la importancia del cuidado de la naturaleza. A su corta edad se expuso y expuso a un grupo de adultos lo que hacen en Yarumitos y su importancia para el medio ambiente. Maxi parece un colibrí sin alas que viene a darnos un mensaje, en realidad todos estos niños, son como pequeños colibríes que buscan dar un mensaje a los adultos. Estos colibríes vuelan alrededor de un yarumo blanco, vuelan alrededor de Viviana.

Este yarumo blanco de corta estatura es docente  del programa de Turismo sostenible de la Universidad Tecnológica de la Facultad de Ciencias Ambientales. También el ámbito musical acompaña un proceso de formación de iniciación musical acá en la Florida  con una de las docentes de la institución educativa Héctor Ángel Arcila. Y, como si fuera poco, pertenece hace varios años al coro de la U.T.P. Viviana puede hacer parte de esa categoría de mujer rural, mujer con formación académica que retoma a su territorio para aportar en los procesos educativos, sociales, culturales y ambientales. Como todo yarumo, la mujer rural, es la antesala a los procesos de reforestación social.

 

Viviana sigue buscando en el cielo otro colibrí, lo busca en vano, porque sabe que son ellos, los mensajeros de la vida, los que llegan sin ser llamados. Ella camina junto a los niños de yarumitos viendo, escuchando y preguntando tratando entender y contemplar la vida, sabiendo que solo es posible vivir si se comparte con las nuevas generaciones el amor por la naturaleza.

 

Crédito de imágenes: Insign Media

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